El director de ‘La noche de los muertos vivientes’ (1968) fallece en Toronto a los 77 años víctima de un cáncer de pulmón
En los años sesenta, un grupo de cineastas dinamitó las convenciones del cine de terror, aprovechando el cambio social en cuanto a la violencia y la obscenidad permitida. Algunos lo hicieron desde dentro de Hollywood.


Pero atrajeron al público de igual manera: por esa rendija comercial se colaron John Carpenter, Wes Craven, Tobe Hooper, David Cronenberg y George A. Romero, que falleció ayer domingo en Toronto a los 77 años. Romero es para los aficionados el creador del moderno cine de zombis gracias a su precursora La noche de los muertos vivientes, rodada en blanco y negro con poco más de 100.000 euros en 1968.

Con 16 años trabajó como chico de los recados en Con la muerte en los talones, tras graduarse en 1960 en la Universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh, se dedicó a filmar cortometrajes y programas de televisión. Junto a sus amigos John Russo y Russell Streiner monta una productora para rodar anuncios, hasta que dieron el salto al cine.
Para ello se asociaron diez amigos y crearon la productora Image Ten Productions. No se complicaron la vida gracias a una historia muy sencilla, en blanco y negro, desarrollada en un pueblo invadido por zombis caníbales. En La noche de los muertos vivientes hay sangre, como imponía el creador del cine gore Herschell Gordon Lewis, pero también acción y un claro mensaje político a través de un héroe afroamericano que morirá asesinado por error por un policía. La película se estrenó en unos pocos autocines y pronto prendió la mecha en sus seguidores: Wes Craven la vio en una sala de Times Square en Nueva York, John Carpenter en Los Ángeles y Dario Argento, que entonces trabajaba como crítico de cine, en Roma (con el tiempo el italiano se convertiría en su amigo y colaborador). Los tres se dieron cuenta de todo el trasfondo que escondía aquel filme, en el que por cierto nunca se mencionaba la palabra zombi. Para Cahiers du cinéma lo prodigioso se escondía en su grito de guerra político sobre el racismo en EE UU. En esa película se constituyen las reglas del mito zombi: si te muerden te infectan, quieren comerte y si no les disparas en la cabeza no caen eliminados y vuelven a la vida.

Sin él, el cine de zombies no existiría.