Desde que la viera ahora hace unos diez años, esta “traducción” del título inglés que es ‘Cuando el destino nos alcance‘ (‘Soylent Green’, Richard Fleischer, 1973), se convirtió de golpe en una de mis pelis de ciencia-ficción favoritas.

La cinta firmada por Richard Fleischer, juega en favor de establecer un futuro perfectamente plausible que aunque hoy sigue antojándose igual de lejano que entonces —la cinta tiene lugar en el año 2022—, no deja de ser una extrapolación perfectamente asumible de ciertas realidades como el agotamiento de los recursos naturales, el efecto invernadero o la superpoblación que penden de un hilo sobre la humanidad.

cuando el destino nos alcance
La sociedad se divide en una élite ricachona que vive en apartamentos de gran lujo y tiene acceso a comida de primera calidad y una masa empobrecida que duerme allí donde puede y se alimenta del soylent green que da título al filme.

Complejo proteínico supuestamente elaborado a base de algas y plancton, el soylent green sirve como frontera divisoria entre los dos mundos que nos dibuja la producción: mientras los “ricos” disfrutan de productos cada vez más escasos como carne de buey, verduras frescas o mermeladas, los “pobres” se hacinan en las escaleras de los edificios y en iglesias que tiempo ha dejaron de ser lugares exclusivos para la oración a la espera semanal del día en que las autoridades hacen el reparto del preciado soylent, un momento éste que da lugar a una de las secuencias más aterradoras del filme.

En ella, observamos como, incapaces de contener a una masa humana descontrolada por la carencia de su alimento, la policía recurre a volquetes con unas palas de excavación que van recogiendo a los ciudadanos de la calle para lanzarlos hacia su contenedor trasero. La contundencia de esta escena, derivada sobre todo de la portentosa forma en que la maneja Fleischer, el ruido de las palas al chocar contra el suelo y los gritos del pueblo aterrorizado mientras huye en todas direcciones resultan tan reales que uno no puede contener el escalofrío que le recorre la espalda.
El personaje de Charlton Heston recoge a un niño que está sentado en la calle atado a su madre muerta, eso te rompe por dentro.

La incuestionable solidez de los aspectos que hemos comentado arriba encuentra perfecto, preciso y asombroso apoyo en un reparto del que sobresalen con autoridad dos nombres propios, los de Charlton Heston y Edward G. Robinson. El primero, por más que sus modos interpretativos siempre se movieran en torno a similares patrones y que el papel que aquí hace recuerde sobremanera al de ‘El último hombre…vivo, convence como ese rudo policía que aprovecha su posición todo lo que puede y que desconoce el descubrimiento que está a punto de realizar.

Ahora bien, es en el segundo donde alcanza sus cotas de mayor maestría: último papel del legendario actor, que fallecería de cáncer doce días después de finalizar el rodaje, la mezcla de sentimientos que Edward G. Robinson consigue instilar en el respetable gracias a su Sol Roth encuentra su punto álgido, qué duda cabe, en esa asombrosa secuencia en la que “vuelve al hogar”, conjugándose en ella de una forma acongojante, la dirección de Fleischer con la mezcla entre las músicas de la “Patética” de Tchaikosvky con el “Peer Gynt” de Grieg y la hermosísima “Pastoral” de Beethoven.

Poseedora pues de una belleza puntual que juega a contrarrestar la sobrecogedora brutalidad de su final, un final completamente descorazonador,  sobran los motivos para calificar a ‘Cuando el destino nos alcance’ como un clásico imprescindible de la ciencia ficción de todos los tiempos, por eso está en mi ranking.